Pedro Salinas sobre el teatro y la lengua.

Este texto es un fragmento recogido en El defensor, un conjunto de cinco ensayos escritos entre 1942 y 1946.

Recoge el teatro en un solo haz todas las fuerzas expresivas del lenguaje, es su apoteosis. Obra a modo de mágico espejo que se alza frente a las gentes para que en él observen su mismo idioma, las mismas palabras que hablan pero magnificadas, traspuestas a un nivel de encendimiento y de belleza. El gran dramaturgo usa en su obra el vocabulario mismo de nuestra vida práctica diaria. Pero ¿por qué extraño acontecer esas mismas palabras nos afectan ahora como si viniera desde muy arriba, desde una lengua más significante que la nuestra? La palabra que el público recibe es la suya, y el espectador como tal la reconoce; pero este reconocimiento sólo va hasta un cierto alcance de su significación, el usual en la vida corriente. Y llega un instante en que esa misma palabra traspasa su significación ordinaria, entra en una especie de nueva atmósfera, que la reviste de nuevas claridades, y al espectador ya se le representa como otra, henchida de una fuerza reveladora que nunca la conoció. Diciendo lo mismo, sonado con idénticos sonidos, dice mucho más, suena mucho más largamente. La poesía dramática es la más visible forma de la transfiguración que opera siempre lo poético en la lengua de los hombres. Ocurre con la palabra cosa semejante a lo que sucede con las velas marinas; ese triángulo de lona sucia, groseramente tramado, que vemos en la arena, inerte bajo el sol, ¿es posible que sea aquella blancura inmaculada, pomposa forma plena de la vela en el barco navegante, cuando el aire la empuja ? Están todas las palabras ofreciéndose como velas a la racha, a la poesía. Lo que las hinche y asciende a la altura de su actividad es la energía del alma que se arroje sobre ellas. Al asistir a la representación de The Tempest o La Vida es sueño desfilan los vocablos ante nuestra alma asombrada, todos a colmo de potencia espiritual, todos en lo sumo de su significación humana y sobrehumana. No creo que las gentes gocen más de la hermosura de su lengua que oyéndola, así, hablar, recitar en plenitud de voz en el teatro. Toma forma completa ante ellas. Nunca olvidaré la fisonomía arrobada, de cándido gozo, de los espectadores del paraíso de un teatro español cuando oían, veían, sentían en una vivencia total su mismo lenguaje ascendido a versos de tragedia de Lope o Calderón.

Añádase que el teatro es un plantío de virtudes sociales. En una sala de teatro individuo y grupo humano se encuentran, con una singularidad de efecto que no se da en ninguno otro caso. El creador individual, el poeta, siente que está cumpliendo su destino en aquel preciso momento de la representación, a través de sus prójimos. Lo escrito en retirada soledad, entonces versos o frases mudas, ahora en alas de la espléndida voz, llena el ámbito de la sala y se divide en tantas realidades psíquicas como seres escuchan. Porque cada cual entiende y siente a su manera el mismo verso. Prodigio es ver la unidad humana del artista multiplicándose instantáneamente ante sus ojos. Rayo de luz, la expresión dramática: prisma multilátero, el público que la espera. Cuando cae la palabra resplandeciente del trágico en la sala, se deshace en mil rayos, se abre en mil matices, en mil emociones animadas en los mil espectadores, todas distintas y una en cada alma, pero todas descendidas del mismo origen manantial. Sin dejar de ser cada cual lo que es, al contrario, siéndolo más intensamente, todos son uno. Se logra la unanimidad, unidad de las almas; que aunque nadie entienda la obra de la misma manera, todos la viven conjuntamente. Es acto social por excelencia, porque el hermoso atributo humano de la individualidad inalienable deja de funcionar como una barrera o límite y opera como un vínculo. La proximidad de los espectadores en un teatro es proximidad. Cada alma en su almario, y en todas, una presencia divina, hecha verbo. Cuando se piensa en los valores espirituales y social infusos en la gran obra dramática, y luego en la desaparición en la mayoría de nuestras grandes ciudades del teatro magistral, sustituido por el cine o por el pseudoteatro de inspiración burguesa mediocre -diversión, frivolidad, pasar el rato, nada de tragedias etc.-, es imposible no ver en ese abandono uno de los casos más graves de traición a sus fines espirituales de la sociedad moderna. No se tome esto por indicio de escaso aprecio al cinematógrafo. Invento portentoso, la imaginación se encalabrina pensando en lo que saltará de esas tiras de celuloide cuando algún día, lleguen a emplearse por otros motivos que los comerciales, narcóticos o propagandistas.

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