«Dorita Mayalde, cocinera» Adaptación

DORITA MAYALDE, COCINERA de Alberto Miralles (versión reducida)

(DORITA MAYALDE prepara un dulce rodeada de instrumental de cocina. A DORITA le repugna cocinar, pero se esfuerza y parece dominar la técnica. Durante todo el monólogo está preparando una tarta de forma que al final la tenga terminada)

DORITA MAYALDE.- “Al hombre se le conquista por su estómago”, eso dijo mi madre. Y debe de ser verdad porque mi padre tenía una barriga como la proa del Titanic. Adolfo, mi marido, en cambio, tiene un vientre de atleta: fuerte, plano, que se le ven hasta las filas de músculos reventones, como si quisieran salir a buscar un premio. (Echa tres cucharadas de azúcar) Una, dos y tres, como la Santísima Trinidad. (Lo piensa) Pero dado mi ateísmo, mejor cuatro como las estaciones del año. (Echa otra. Vuelve a quedarse pensativa) ¿Y por qué no siete, como los días de la semana? Cinco, seis… y domingo. ¡Así estará mejor! Lo de mi Adolfo fue un milagro. ¿Dónde he puesto la batidora? Aquí está. (Sigue batiendo)Un milagro. Porque hace tan solo seis meses era el hermano gemelo de mi padre y sus dos barrigas juntas eran como un catamarán olímpico. (Sigue con las tareas del pastel) A mí, si he de ser sincera, no me importaba. Es decir, no me importaba, salvo porque los kilos excesivos son un peligro para la salud. Pero vino un día y me dijo: “Dorita, se acabó el colesterol, no más dulces, al diablo los hidratos de carbono, basta de ácido úrico”. Me lo dijo así, todo seguidito, sin respirar. Luego me dictó una lista de lo que debía comprar. Yo estaba aturdida y venga a apuntar barbaridades: aceite desnatado, yogur sin cafeína, leche sin alcohol y todo light, muy light ¡light! Que parecía un ladrido de chucho pequinés: ¡light! ¡light! ¡Ah! Y fibra, mucha fibra, que yo, la verdad no sabía qué era eso, entre otras cosas porque yo odio cocinar. (Mira lo que tiene en la cazuela) El almíbar ya está espesito. Ahora el chocolate rallado. Luego se apuntó al gimnasio. La primera semana tuve que darle Gerovital, ponerle parches en los tirones de la cadera y darle friegas en las pantorrillas. Pero a la segunda comenzó a brillar… Ahora la mantequilla… (Echa mantequilla) Adelgazó quince kilos y se compró ropa nueva, por cierto que de un estilo demasiado juvenil… ¡pero le quedaba bien! Y el pelo… ¡se tiñó las canas! Las dos que tenía… Al principio no noté nada. Es decir, le noté más solícito, incluso me traía flores… Al final, ni flores ¡Qué patético era mi Adolfo! La sospecha la tuve por su obsesión por rejuvenecer, Mantenerse en forma, sí, cuidar el aspecto exterior, también, pero encontrarle a todas horas frente al espejo contándose las arrugas , que él llamaba pliegues… olía a cuerno quemado.

Yo soy de las que cumplen a rajatabla las leyes de la dinámica a rajatabla. A una acción, reacción y media. Mi madre tenía razón: el estómago del hombre es su fortaleza. Por eso me matriculé en el cursillo de alta cocina para aprender las recetas más creativas, exquisitas, apetitosas… y grasientas. De momento he conseguido que vuelva a engordar cinco kilos. No hay mejor compensación que ver cómo se acaba una fuente de espárragos. Sí, ya sé que los espárragos no engordan, pero es que yo los hago con besamel al oporto y se los adorno con crema de castañas y nata batida.

Ahora ya tengo una meta: conseguir que a mi Adolfo le rebabe la nata montada por las orejas hasta que en la repisa de su barriga puedan anidar todas las cigüeñas de Castilla- La Mancha. Dicen que la venganza es un plato frío. En mi caso, la venganza es repostería selecta.

Y cuando ya lo tenga bien grávido, como una parturienta con quintillizos y con las venas atascadas de colesterol, sólo entonces aceptaré las proposiciones que me ha estado haciendo el profesor del cursillo de cocina.

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