«¿Qué cosa es por acá el autor de una comedia?» Mariano J. de Larra


Como el teatro lleva camino de reducirse a una diversión puramente ideal, nos damos prisa a insertar entre nuestras habladurías unas cuantas concernientes a este ramo, antes de que dé la última boqueada esta expirante fantasma.


Nuestras dudas se nos ofrecen al entrar en esta materia; al hacer aquella sencilla pregunta, ¿estaría de más que explicásemos qué quiere decir por acá, qué autor y qué comedia? ¿Lo saben todos? No. ¿Lo saben algunos? Como de esos algunos habrá que no lo sepan. Pero como quiera que vivan muchos sin saberlo, y no por eso se mueran ni les acontezca mal alguno, sino, antes por el contrario, tengan esos cuidados menos, nos hemos determinado a no levantar el velo que cubre el sentido de aquellas oscurísimas palabras, quien sabe si movidos también de cierto temor de no acertar en nuestro propósito. ¿Lo sabemos nosotros? ¿Somos inteligentes en la materia?

Pero dirá el lector que hoy se nos vuelve todo escrúpulos y cosquillas; que si sólo hubieran de hablar de las cosas que de ellas entienden, sería preciso renunciar en el mundo al encanto de la conversación. Si esto es así, hablemos, como los demás, sólo porque tenemos recibido este don precioso del Altísimo, que en su alta sabiduría, no nos le dio, sin duda, para callar.

El mayor número de las gentes, cuando concurre a la representación de una comedia, y la aplaude si le parece buena, cree que el autor ha sacado fruto de sus vigilias y del don rarísimo que de agradar a los más recibió de la Naturaleza; discurre espontáneamente y sin trabajo que aquella entrada y cuantas produce aquel drama son debidas al talento del autor, y que saliendo de aquellos fondos cuanto gasto se ocasiona, el autor aquel y los demás autores de comedias son los que dan de vivir a los actores, a las empresas y a todos los dependientes y sanguijuelas, que no son pocas, de semejantes casas. Esto parece natural a primera vista, y no necesita haber cursado en Salamanca para conocer que a no haber dramas que representar, sean de la clase que se quiera, inútil sería el teatro con todas sus consecuencias. Pero como hemos nacido en el siglo de los prodigios, ha de saber el mayor número de las gentes que no sólo no es así, sino que se equivoca groseramente al pensarlo de esta suerte.

Dejemos aparte, los sofiones y respuestas acedas que hasta llegar al ansiado y terrible momento de la representación ha tenido que sufrir el autor de cuantos tienen la menor parte en estos negocios, los sustos que le da una censura rígida, las esperanzas tantas veces desvanecidas ante el choque de las pasiones o intereses encontrados, de las opiniones diversas, de mil vanidades pueriles, de mil vientos contrarios, en fin, que se estrellan en aquella sola caña débil y por fortuna flexible de su desamparada comedia. Llegó al puerto, y va a descorrerse el telón. ¿Quién es el pobre autor entonces? ¡Infeliz! Si no ha mendigado un asiento, una escondida galería, le será preciso comprar su billete, y si para la primera noche se han dignado ofrecerle espontáneamente algún palco tercero o un par de lunetas, la segunda, la tercera, cuantas noches se represente la hija de su talento, otras tantas habrá de comprar el derecho de ver la comedia que sin él no se representaría.

Tiene libre y gratuita entrada en el teatro, y con justicia, el censor ilustrado que la censuró, los representantes de la villa cuyo es el local, el médico de las compañías, el oficial de la guardia, los mismos soldados que la componen, los actores que no la representan, los operistas que cantan, etc. ¿Quién, pues, no tiene entrada franca en el teatro, por poca relación que tenga con sus dependencias? Sólo el autor de la comedia; y este nuevo Midas, que vuelve en oro cuanto toca, muere privado de lo más preciso.

¡Bueno fuera, efectivamente, que se viniera el pazguato del autor con sus manos muy lavadas a arrellanarse en una luneta todos los días! ¿Y por qué? ¿Porque tiene talento, porque ha compuesto la comedia? ¡Mire usted qué recomendaciones! ¡Si fuera el que enciende la araña, que es hombre de luces!... ¡Pero el autor! ¡Que compre sus billetes todo el año, que para eso se le dan luego mil o dos mil reales, lo menos, por su trabajo, que es un asombro y un despilfarro...!

Pero, señor, ¿dónde ha de estudiar el pobre autor sino en el teatro? ¿Puede conocer el gusto público si no concurre al teatro diariamente? ¡Que aprenda a hacer comedias en un libro de álgebra, o que gaste su dinero!

De mala gana nos chanceamos. Nosotros creíamos que el autor era la primera persona.

Supongamos por un momento que se retira el público, que no existen actores que representen, y que desaparece el local; todavía quedará la comedia escrita e impresa, que, si es buena, deleitará e instruirá a las gentes de casa en casa. Y supongamos, por el contrario, que está lleno el local, que vino la guardia, que preside la autoridad, y que desaparecen las comedias, y se les borra de la memoria a los actores la que para aquella noche traen estudiada; ignoramos completamente qué puede hacer toda aquella buena gente allí reunida, que la guardia, qué los actores, y qué el magnífico edificio, ni qué puede quedar de todo ello que dé deleite o de provecho sea para persona nacida.

Digámoslo, en fin, de una vez. El que ha de hacer comedias buenas, ni puede, ni quiere, ni sabe hacer otra cosa; y si emplea, en ir al teatro, que es su único libro, el corto premio de sus tareas, ¿con qué vivirá?

Lejos estamos todavía de pedir que se perjudiquen los intereses del teatro; sólo pedimos que pueda sentarse el pobre autor donde no haya nadie sentado.

Lejos estamos también de pretender que todo el que haya dado al teatro una mala farsa quede con derecho a la libre entrada. No. Pero el que hace del teatro su profesión, el que ha dado una, dos, tres, diez, veinte comedias, el que otra cosa no hace en toda su vida sino llenar las arcas de los coliseos y mantener con su talento a todos sus dependientes, ¿será el único que no pueda mirarlos como su casa? En otras partes no sólo tienen los poetas la entrada franca, sino gran parte de los billetes para despacharlos por sí... Pero también en otras partes es la más apreciada la aristocracia del talento. En otras partes, un hombre dedicado a la literatura tiene profesión conocida y puede responder a la Policía: «Soy literato». Por acá, un literato es un vago sin oficio ni beneficio, y el que vive de su talento es menos todavía que el que vive de sus manos; si quiere poner en su carta de seguridad «escritor público», habrá quien le ponga escribiente y diga que todo es escribir.

Óyese después gritar: «¡El teatro se arruina! ¡No hay comedias!».

¿Quién queréis, gritadores de café, que componga comedias? ¿Queréis héroes en los poetas, o queréis cuerpos gloriosos? ¿Queréis que suden y se afanen para divertiros y enseñaros, y recoger por único fruto de su talento, en el cual pueden tan pocos rivalizar con ellos, el desprecio o la befa, el oprobio o el vilipendio?

Hombre de talento, arroja tu pluma, y cuando, inspirado del estro que te domina, quieras escribir para tu gloria, guarda tus producciones para tiempos más felices. Háganlas iguales los necios que te menosprecian, o cierren en buen hora los teatros, que no para ti hinches de plata, como no para ella llena de miel la laboriosa abeja sus panales.

Quema tus borrones, y antes que compres tan cara tu ignominia, busca cordeles y ahoga para siempre ese fatal y estéril talento, que ningún respeto se merece, que ningún premio se granjea, que sólo para tu tormento te dio entre tus compatriotas la Naturaleza.

Mas nos queda todavía que decir en tan fecunda materia, y para otros artículos reservamos el acabar de probar que el autor de una comedia no es nadie por acá de una manera irrecusable; donde probaremos que el teatro se arruina, y que debe arruinarse; que nada tiene de particular que sólo se vea salir a luz una comedia nueva de años en años; que es un hombre sobrenatural el que en el día las compone, y, en fin, que si las comedias son buenas, debe tratarse de proteger a los que sean capaces de componerlas; y si son malas deben prohibirse del todo, y cerrarse los teatros, y enviar a paseo al loco que las escribe.


El Pobrecito Hablador, n.º 4 de septiembre de 1832. Firmado: El Bachiller.